7.2.07

Según yo, ya está lista.


Todo lo que este trabajo tiene que decir se dice acerca de una experiencia que el lector sólo podrá obtener fuera de estas páginas. Truman Capote escribió que cuando las películas son realmente buenas son “antiliteratura”[1]. Elegir el ejercicio del pensamiento a través de la palabra escrita para referirse a un texto cinematográfico implica traducir los significados de una materia de la expresión a otra, lo cual, se ha dicho al principio, facilita el análisis de la película al extraer de ella lo más significativo recurriendo no a su secuencialidad sino a la selección de aquello que es más significativo, deteniéndolo en el tiempo para profundizar lo más posible en su descripción y análisis.
[1] Truman Capote, Retratos, Anagrama, P.

Haya habido guión en papel o no, para los efectos del presente trabajo no nos importa. Si lo que hemos desarrollado aquí, a partir de los conceptos de nuestro marco teórico, no es posible encontrarlo en el último tratamiento escrito por su autora, es lo de menos. Lo importante es que se rompieron expectativas en distintos niveles, comprobando la única regla del cine: su continua innovación expresiva.

Una de las principales metas de este trabajo fue comprobar cómo las decisiones del director limitan y potencian la capacidad de las formas del cine en una película, tomando en cuenta que hablar de película significa referirse a la realización textual de una parte del universo de significados que comprende el cine. Un director actúa arbitrariamente en la selección del estilo que mejor convenga a las necesidades de la película, y así satisfacer necesidades personales o industriales, aunque siempre cabe la posibilidad de que ambos tipos se combinen.


Bajo estos lineamientos hemos descubierto que la segunda película de Sofia Coppola no persigue un pretencioso afán por copiar los estilos de la vanguardia asiática, el cine más complejo de la actualidad, nada más para parecer inteligente y “artística”. Tampoco el capricho de la hija de Francis Ford Coppola por hacer cine nada más porque tiene el dinero. Al contrario, y sin el más mínimo afán por juzgar la personalidad de la hija de uno de los más grandes cineastas e la historia -pero confiando en que es por inteligencia y no por intuición, descubrimos que Perdidos en Tokio es una película donde las mínimas combinaciones de imagen y sonido estructuran significados complejos, rompen expectativas a distintos niveles –desde el que concierne al género hasta el que concierne al formal y al de los académicos, pero de Hollywood.

4 comentarios:

Capitán Guayaba dijo...

Yo me enamoré de Sofia Coppola en el Padrino III, y le agradezco infinitamente que gracias a ella y Lost in Translation pude verle las nalgas a Scarlett Johanson. Un abrazo Primera Dama.

Abelina dijo...

Hola, Don Doctor Amoroso, ora si pa que vea se le extraña por estos lares como un pequeño agujedito en el eztomago, zanahodia!!

Bueno, lo de la Coppola, que relindo lo dices tú, sé que en alguna subyacente parte de mi cerebelo alguna de estas ideas palpitaba pero no alcanzaba a aflorar en palabras..

eh? que dije?

besos!!

Love doctor dijo...

Ay, qué pena, el copy paste tiene tantas faltas de ortografía, qué tristeza! En este instante reviso toda la tesis, no se vale. Gracias por los saludos.

Mario dijo...

Ánimo con la tesis, Lovedoctor... Lo que has mostrado tiene muy buena pinta. Me gusta esa lectura muy sesuda , pero que sobre todo transparenta una pasión por esa película de Soffia Coppola. Y si, el padre es un gran cineasta: es una lástima que no filme más... Saludos

Tengo alma, pero no soy un soldado.

La belleza está donde uno la encuentra.